Por primera y única
vez, en la Batalla de Tarapacá estuvieron juntos los hombres que, con
los años, serían los héroes emblemáticos de la defensa peruana en la
guerra con Chile y cuyos nombres hoy se veneran en los libros de
historia.
Como lo héroes griegos convocados de diferentes ciudades para ir a luchar contra Troya, los coroneles Andrés Avelino Cáceres, Francisco Bolognesi y Alfonso Ugarte
llegaron de diferentes puntos del Perú para confluir en Tarapacá, un
pueblo alejado en el extremo sur peruano, pero que entonces era el
centro de la mayor riqueza nacional: el salitre.
El coronel Francisco
Bolognesi, de 62 años, fue enviado desde Lima, como jefe de la II
División. De padre italiano y madre peruana, Bolognesi se encontraba en
la paz del retiro al iniciarse el conflicto armado.
Considerado el mejor
artillero de su época, tanto que fue enviado dos veces a Europa para la
compra de cañones para la defensa del Callao, el viejo coronel pidió ser
reincorporado a filas apenas se hizo oficial la declaratoria de guerra
de Chile.
Participó en las
acciones para poner al ejército en pie de guerra y, por su méritos, se
le entregó el mando de tropas. Poco después, en mayo partió a bordo del
convoy naval que, protegido por el Huáscar y la Independencia, partió
con el presidente Prado y parte del ejército rumbo a Arica.
De allí partió a
Iquique, donde se puso bajo el mando del general Juan Buendía, jefe de
los ejércitos aliados del sur. Austero, reservado y disciplinado, el
viejo oficial limeño participó desde ese momento en las principales
acciones terrestres.
Del Cusco al sur
Diferente fue la ruta
del coronel Andrés Avelino Cáceres, quien se encontraba con el cargo de
comandante general y prefecto del Cusco al estallar el conflicto. De
activa y fulgurante carrera militar, Cáceres era en esos años uno de los
jefes más populares del Ejército Enrolado en el Ejército por el
mariscal Castilla, el bravo soldado ayacuchano participó en las dos
revoluciones castillistas y se ganó sus ascensos, literalmente, a punta
de balazos. En el asedio y posterior asalto de Arequipa, en 1858,
recibió un balazo en la cara que le dejó una pronunciada marca. Poco
faltó para que pierda el ojo izquierdo.
En 1874, una asonada
militar en el antiguo cuartel de San Francisco volvería famoso a Cáceres
Dorregaray, con la sublevación de sargentos del Batallón Zepita,
quienes con la tropa pretendieron ganar la calle a tiros.
En esos momentos, el
jefe del batallón no se encontraba y Cáceres, que era el sub-jefe, sin
perder un minuto y revólver en mano, salió al patio, siendo recibido a
balazos por los sublevados. Se inició entonces un feroz tiroteo que
sobresaltó a todo Lima. Durante más de tres cuartos de hora, Cáceres,
con apoyo del alférez Samuel Arias Pozo y un retén de soldados se
enfrentó a los sediciosos.
En el fragor del
tiroteo, según relata Basadre en su Historia de la República, el cañón
del revólver de Cáceres se recalentó hasta quemarle la mano y este debió
cambiar de arma, justo en el momento que el sargento cabecilla del
motín estaba a punto de matarlo, pero el futuro héroe de la Breña
reaccionó como un felino y un certero pistoletazo abatió al rebelde.
Con esta impresionante
foja de servicios, Cáceres salió del Cusco al mando del Batallón
Zepita, con destino a Arica, donde junto al Batallón Dos de Mayo se
formó una división, que fue puesta bajo su mando en Iquique.
El bautismo de fuego
en el conflicto con Chile se dio el 2 de noviembre de 1879, en la
defensa del puerto de Pisagua, que era defendido por unos 800 bolivianos
y 500 peruanos, entre soldados y guardias nacionales, contra los que
fueron enviados quince buques de transporte con más de diez mil hombres.
El millonario de Iquique
Al iniciarse la guerra
el 5 de abril de 1879, el millonario Alfonso Ugarte Vernal tenía la
edad de Cristo, 33 años, y se preparaba a partir en viaje de negocios a
Europa, a nombre de su firma Ugarte y Zeballos.
Por el lado paterno y
materno, el joven Ugarte manejaba importantes negocios, entre los que
destacaba la administración de explotaciones salitreras. En contra del
sano consejo de su madre, doña Rosa Vernal Carpio, quien le rogó que no
postergara su viaje a Europa, el joven Alfonso decidió quedarse y, de su
peculio, vistió y armó al batallón Iquique No 1, integrado por obreros y
artesanos.
Natural de esa hermosa
ciudad al pie del Pacífico y en medio del desierto, Alfonso Ugarte
nació en Iquique en 1847 y conocía a fondo el espíritu chileno, pues
había estudiado en los mejores colegios de Valparaíso, donde además
consolidó buenas amistades.
Al iniciarse de la
guerra, sin embargo, como peruano ejemplar y digno de imitación, Ugarte
Vernal no se fue ni delegó su compromiso en otras personas y, dejando a
un lado su poder económico, se sumó a las filas de oficiales,
suboficiales y soldados que salieron en defensa del Perú.
Juntos por la patria
Cáceres, Bolognesi y
Ugarte, junto con otras decenas de insignes soldados –entre los que se
pueden mencionar a Arnaldo Panizo, Belisario Suárez, Justo Pastor
Dávila, Miguel Rios y otros tantos-, presionados por la falta de
abastecimientos y no quedar atrapados, abandonaron Iquique rumbo al
norte.
En ese trayecto
sobrehumano, por sobre el implacable desierto del Tamarugal tarapaqueño,
debieron combatir primero en la batalla de San Francisco –o Dolores
para los chilenos-, que se perdió por la anarquía aliada al iniciarse el
combate y también por el abandono de Daza y su ejército boliviano.
Luego vendría la
Batalla de Tarapacá, donde nuestros tres héroes se sobrepusieron a todas
las limitaciones y salieron al frente, a luchar o morir. Cáceres lo
hizo como jefe de la 2º División, que incluía a los batallones Zepita
N°2 al mando del teniente coronel Andrés Freyre (450 hombres), 2 de mayo (380 hombres) y la columna de artilleros (100 hombres).
Bolognesi, al mando de la 3era División, mandaría en la lucha a los batallones Ayacucho N° 3 (300 hombres), Guardias de Arequipa (380 hombres).
Se debe enaltecer que Bolognesi, al iniciarse la batalla, se encontraba
enfermo, con fiebres, pero aún asi se presentó a combatir y una bala
chilena le destrozó los zapatos. Entonces dijo encorajinado: “Las balas chilenas solo llegan a las suelas”.
Alfonso Ugarte, al
mando de su batallón Iquique, de 300 plazas, integró la 5ta División que
mandaba el coronel Ríos. Ugarte, sin ser militar de carrera, peleó con
denuedo contra la caballerías chilena y fue herido en la cabeza por un
balazo, pero no se retiró de la lucha hasta que terminó luego de más de
ocho horas. Asi escribieron con su sangre esa página de la historia
peruana.
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